lunes, 30 de abril de 2007

Casa del Mono


Cuentan que en la ciudad de Cáceres vivía un rico y próspero comerciante con su esposa y que, por mucho que lo intentaban, el Señor no bendecía su hogar con la presencia de un niño. Sus esperanzas de tener descendencia se veían mermadas día tras día. Sin embargo, el trabajo del esposo le mantenía a menudo alejado del hogar, viajando siempre hacia tierras lejanas. Y, un día cualquiera, el buen hombre trajo a casa una criatura del tamaño de un niño pequeño, poco más que un bebé, pero mucho, mucho más peludo y de una, no precisamente abrumadora, inteligencia: era un pequeño mono.La pareja en seguida acogió al primate en el hogar, tratándole como hubiesen hecho con su propio hijo: tenía cuarto, juguetes, e incluso era amamantado, como si de un recién nacido se tratase. Eran bastante felices, ahora que la pareja había pasado a ser una auténtica familia... un tanto peculiar, eso sí.Y ocurrió que, como tantas otras veces, el comerciante hubo de partir para continuar con su periódico quehacer. Mientras él se hallaba fuera, por allí cerca pasó un gentilhombre, un caballero apuesto y atractivo donde los haya, en busca de cobijo y cama donde pasar la noche. Y la noble señora, siempre atenta y amable ella, ofreció el calor de su hogar al buen caballero, disponiendo para él un cómodo lecho en que reposar por una noche. El caballero partió sin demora, ocupado como estaba en proseguir con su labor y, no muchos días después, el esposo comerciante regresó.En cuanto hubo el hombre entrado en casa, su esposa le acogió con una grata y esperada sorpresa, pues, ¡oh, milagro!, había quedado encinta por obra del Señor. Al cabo de los nueve meses tradicionales, nació la criaturita, aunque el comerciante, no dudando ni por un momento de su fiel y cariñosa esposa, no dio importancia alguna al hecho de que no se pareciese demasiado a él; sino que lo acogió como el hijo primogénito que era.El pobre mono, a quien todo esto ni le iba ni le venía, quedó relegado a un segundo plano, retirándole, por supuesto, cuantas atenciones se le hubieron ofrecido. Celoso por su “hermano menor” y sintiéndose desplazado y apartado de su “familia” como un príncipe destronado, agarró al pequeño y lo lanzó fuera de la ventana, desparramándose al instante su masa gris por toda la calle. Se desconoce lo que sucedió después con la pareja, aunque con respecto a la suerte corrida por el animal no es necesario entrar en detalles...

Frase de la semana: “Cena, poema y flor aseguran la noche de amor” por Homer J. Simson uno de los grandes sabios del siglo XX, vamos, un modelo a seguir.
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