lunes, 30 de abril de 2007

Lágrimas de Ira

... este es el relato que presenté en el certamen "San Isidoro de Sevilla", patrón de este nuestra facultad...



No se puede explicar con palabras cuáles son mis sentimientos en este momento, sentimientos que debía haberlos dejado eclosionar en otro momento, mucho antes de que algo así pudiese pasar. No puedo expresar lo que siento ni creo conveniente hacerlo sino es conmigo misma. No se puede dar a entender a una persona lo que me preocupa. Es que no encuentro apenas palabras para decírmelo y tampoco busco demasiadas porque, en realidad, se que solo existe una frase para designar algo así. No se puede explicar con palabras lo que sientes hacia la figura de tu padre y menos cuando tu hermana está sumergida en un profundo y doloroso sueño con no más que siete años por culpa de su creador.
No existe excusa alguna para borrar lo ocurrido. Tampoco deseo encontrarla porque esto se convertiría en un vaivén de fenómenos apalabrados que no terminaría en la vida. Es la primera vez que me fijo que cuatro letras forman una palabra que dura toda una vida. Y es que, a veces, la vida es corta. Tan corta como un suspiro o un pestañeo. No me había fijado en eso, pero sí en que las vidas cortas son las que más se recuerdan porque son las que más marcan a las personas que se encuentran cerca. Espero que esta minivida no llegue a marcarme. Son solo siete años, siete minúsculos y vitales años dotados de un millón de ilusiones diarias. Siete años en los que tu mayor pensamiento ha sido salir a la calle a jugar con el vecino o al parque a bañarte con tierra. Los siete primeros años de un ser humano de vida media cuentan con la ilusión, la esperanza, la alegría, la indiferencia y el ánimo que se necesitan para el resto. Con siete años, quiero recordar, ya tenía mi primera Barbie, la llamé Carolina, como luego llamaríamos a mi hermana.
No quiero ni pensar en su sufrimiento. ¡Ha sido algo tan difícil para todos! Tan pronto me llamó mi madre me puse en la carretera conduciendo como una loca porque presagiaba lo peor imaginando la situación de mi casa día a día. Un día, hará cerca de diez años, mi padre (si es en realidad esa su función dentro de la familia) apareció muy tarde en casa acompañado no solo de nuestro asombro, también de su embriaguez. Jamás había visto ese aspecto de él. Nunca había optado por dar esa imagen, es más, aborrecía a quienes eran partícipes de ella. Tan rápido como lo cuento se dirigió a mi madre la sometió a múltiples vejaciones y la apartó de un empujón enorme depositando su mirada y su ira sobre mi. Fue evidente mi miedo, y más para mi muda y mi pijama pero mi madre, una santa en el cielo y en la tierra, se levantó sacando fuerzas de donde aparentemente no las había y le suministró tal porrazo en la cabeza que lo dejó aturdido. No fue bastante para que él se cantease y de un puño la arrojase al suelo. Fue su último movimiento esa noche antes de caer sobre el sofá medio muerto. Pasé la noche llorando, en vela y sin cambiarme la muda por miedo a represalias. A la mañana siguiente tuvo la desfachatez de venir a mi cuarto y abrazarme como si nada hubiera ocurrido. Lo que entre él y mi madre se habló no he tenido ni idea hasta hoy.
No se le ocurre a la tonta de mi madre, porque en ese momento fue tonta, otra cosa que perdonarle. Lo achacaba todo a su preocupación familiar por la pérdida de su trabajo. La mítica excusa de un maltratador, preocuparse por la familia cuando horas antes había sido un verdugo. Solo contaba con doce años y en aproximadamente siete horas mi raciocinio se había adelantado bastante en el tiempo. Aparté mi preadolescencia, o mejor dicho, me hizo apartar mi preadolescencia para pensar, actuar y juzgar como casi un adulto. Con el tiempo he ido conservando cada noche esa pesadilla queriendo eliminar de mi vida lo que viví como deseo eliminar lo que estoy viviendo. Si todo fuese perfectamente fácil y con pulsar una tecla lo que no deseas partiese a otro lugar mejor, incluso mi vida partiría porque es muy duro vivir con miedo y ahora con rencor.
No olvido y no perdono como hice en su tiempo, no volveré a caer en el mismo juego. Sabía que desde aquella noche su gusto por la bebida había ido en aumento aunque nunca llegué a verlo como hasta ahora. Lo que no imaginaba es que eran continuas las palizas y las agresiones a mi madre, los insultos y los abusos a los que él la sometía. Es cruel saber que tu padre agredía física, psíquica y sexualmente a tu madre cuando tú dormías placenteramente. Ha sido muy valiente, por defenderme aquel día, por saber aguantar los trabajos que el destino la ha hecho afrontar y por mantenerse cuerda refugiada en su silencio, no exponiendo su problema mas que a sus innumerables lágrimas. Un altar sería poco para una mujer así, para todas las mujeres que como ella saben colocarse en la espalda ese peso que poco a poco las va hundiendo. Me pregunto cómo ha podido callar tanto tiempo. Imagino esa serie de golpes en la cabeza, porque a ella nunca se le ha notado ni un rasguño, y mi piel comienza a erizarse según mi cerebro lo va pensando. Mi ira enciende una luz, querrá demostrarme que está en activo por si la necesito.
No sería capaz de tomarme la justicia por mi mano, no sería capaz de darle lo que de verdad se merece porque soy una cobarde y porque a mi no me pega ocupar un asiento como el suyo. Cuando llegué al hospital, un abrazo de mi madre hizo que me derrumbase y que cayese en un abismo tan oscuro que por mucho que se me hablase mi cabeza solo asistía a la comprensión de una frase que he decido borrar totalmente. Al cabo de un rato pude entender lo ocurrido y pedir explicaciones. El sinvergüenza de mi padre llegó a casa después de uno de sus ratos en los bares de mala muerte donde todos los lastimosos y desafortunados suelen reunirse para recordar tiempos mejores. Dio la casualidad que mi madre estaba trabajando y la niña, después de las actividades que tiene por las tardes se queda sola en casa poco más de media hora hasta que llega mi madre. Por el motivo que fuese, porque estoy segura que ella jamás haría nada que pudiese incomodarlo, le otorgó tal somanta de golpes que le han desfigurado la cara y tumbado permanentemente en una cama.
No paró ni viendo como lloraba y se protegía, ni escuchando sus llantos, gemidos y súplicas. No paró hasta que no la vio inferior a el. La sangre brotaba por sus heridas cual manantial de pureza se convierte en cascada cuando mi madre entró en el comedor. Su cabeza se hacía pequeña para abarcarla con sus manos al llevarse el mayor disgusto que una madre puede llevarse. En apenas segundos su fuerza se esfumó y de repente calló al lado del cuerpo de su hija.
No me quedan fuerzas para esperar un día más en esta silla de plástico que se ha convertido en mi casa. No me quedan lágrimas después de las que he derramado. No me quedan palabras en mi repertorio que no vayan al mismo punto de encuentro. No me quedan insultos que ofrecer en mi caja. No me quedan ganas de seguir recordando y escribiendo…


Lágrimas de ira

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