¡Ay, Señor bendito!

1.

Era justo la hora de comer cuando recibí la llamada de un número que desconocía. La comida caliente - lo juro - sobre la mesa del salón y el informativo en La Primera como de costumbre.
"¿Sí?" Contesté con la boca pequeña pensando si había sido buena idea responder al teléfono. Era una voz conocida, de alguien de toda la vida, de esas que recuerdas pero no caes en la cuenta de quién es y que, además, tiene un aire familiar.
Desde por la mañana que no pruebo bocado. Dos galletas con un café y es que no consigo concentrarme en lo que me dice este señor.
"Hasta ahora no he caído en la cuenta de quien era usted. Al principio creía que era mi tío el de Barcelona". El hermano más joven de mi padre se fue allí porque la familia de la mujer tenía fábricas o algo así. Suele llamarme de vez en cuando porque soy el único de sus parientes en el pueblo y como el hombre ya está jubilado pues almorzará pronto.
"Que va, hijo. Soy tío Constante, el vecino de tu abuela María". Tío Constante era una eminencia aquí. Toda mi generación recuerda las golosinas que vendía en su comercio. Al peso y en pesetas. No se me salta una lágrima de milagro. No por las chucherías - y mira que tengo hambre - sino porque el recuerdo de mi abuela se hace presente y es que, aunque venga siempre conmigo, estas cosillas dejan un regusto en el paladar que te hace viajar en el tiempo. 
Pues nada, tuve que dejar la comida ardiendo sobre la mesa y salir de casa hacia la iglesia. 
La suerte de vivir en un lugar tan pequeño es que los desplazamientos son a la velocidad de la luz. En pocos pasos llegaría al punto de encuentro con este hombre, que parecía entre asustado y preocupado por el tono de su voz. De no haber sido así, no hubiese dejado aquel plato allí. Salí tan rápido que no sé si apagué o no la televisión. Clara muestra de que no tengo un trastorno obsesivo compulsivo - de momento, porque con tanto sobresalto lo raro es que siga sano. Antes o después me tocará también a mí y ser TOC es algo leve, todo sea dicho-. Miedos aparte, Tío Constante me esperaba recostado en su bastón. Lo vi de lejos, inconfundible. Boina y joroba a juego. Pantalón de pana marrón y camisa blanca. 
"Tenías que haber traído el coche, hijo. ¿No te lo he dicho?". Media vuelta a buscarlo. Tenía que sacarlo del garaje y entrar a casa a coger las llaves. Tío Constante no me había parecido ni preocupado ni asustado ni nada. Quizá un poco inquieto pero con tanto secreto sería lo normal. Al abrir la puerta de la cochera me comportaba como una máquina, sin pensar ni razonar, cuando empecé a hacer cábalas - realmente inventarlas - de qué coño estaba pasando y por qué me daba apuro preguntarle. Puede que hubiese aceptado que algo gordo estaba por ocurrir o que el no haber ingerido alguna sustancia estuviese dejándome en la inopia. Ya llegó el punto en el que yo solo, sin ayuda, me cogí un rebote del quince mientras sacaba el coche. A lo que se añadía la incertidumbre de haber dejado la televisión encendida habiendo entrando a coger las llaves y la certeza de dejar la puerta del garaje abierta. 
Me ordenaba calmarme y practicaba ejercicios de respiración a veinte kilómetros por hora. El anciano se subió en el asiento del copitolo a duras penas. Apoyo su bastón entre las piernas y en el mismo momento en el que cerraba la puerta, pronunció el nombre del destino: la Quinta de doña Antonia.


2.

La casa de campo no se encontraba lejos del centro del pueblo. Estaba situada en lo alto de un cerro y para llegar a ella había que subir por una carreterucha llena de baches en la que la maleza del paraje abrazaba el asfalto. 
Durante el trayecto, Tío Constante me fue contando el por qué de todo. Por qué me había llamado a las tres de la tarde. Por qué me llevaba hasta allí. Y por qué tanto secretismo.
El hambre voraz que había estado sufriendo minutos antes, desapareció. Ya no podía pensar en ningún tipo de alimento. El estómago se encogió y el cerebro empezó a descodificar los datos que llegaban de aquel hombre. El momento hizo que recordase la llegada a Málaga. Los nervios atacaron tan fuerte mi sistema digestivo que durante días no pude engullir bocado. 
El vecino de mi abuela María respiraba profundamente y desprendía un olor añejo, como a fermento natural. A medida que fue hablando, noté el susto y la preocupación que cargaba por todo lo que había pasado. 
Es cierto que esto parece de ciencia ficción. Lo irreal rodeaba la historia de este octogenario. Quise no pensar en que todo lo que contaba fuese resultado de la demencia senil o fruto de su imaginación pero al ser tan surreal no me quedó otra alternativa que la de no creer lo que este señor estaba diciendo. 
Llegamos al destino. Aparqué el coche en la puerta de entrada a la finca y la abrí para continuar a pie por un sendero de altos robles a ambos lados. La puerta estaba a medio abrir, sin candado ni cadena. 
Tras algunos pasos, nos topamos con la casa de frente. En ruinas y llena de vegetación haría de madriguera para muchos bichos. Las paredes estaban descaladas y llenas de huecos. El tejado no inspiraba confianza y el silencio que reinaba allí hacía que los escalofríos recorriesen por el cuerpo de, incluso, los amantes del terror. Dimos un rodeo para dirigirnos a la parte trasera. La vereda que tomamos se divisaba bien entre tanta vegetación porque sería usada por unos animales u otros como paso. 
Acompañados por insectos de mil clases llegamos a una charca. Tío Constante apuntó con el dedo un grueso tronco seco de lo que pudo ser un castaño centenario. "Allí está" pronunció llevándose la mano a la frente para limpiarse el sudor.
Me giré por la curiosidad de ver lo que habíamos recorrido entre aquella maleza. A unos metros estaba la casona, de planta baja y echada a perder. Y delante de nosotros el árbol caído.


3.

"Pues a ver. No sé muy bien cómo contártelo. Esta mañana, como de costumbre un rato después de desayunar, don Guzmán y yo decidimos dar un paseo. No teníamos una meta fija sino que nos propusimos andar a nuestro ritmo hasta cansarnos y así hicimos. Ya sabes tú que con los años el cansancio se nota antes. Aún así, entre charlas llegamos a la puerta de la quinta. Estaba abierta de par en par con lo que decidimos entrar para ver la situación de la propiedad. En realidad, don Guzmán se empeñó en enseñármela porque poco tiempo antes había estado él con un pariente suyo que pretendía comprarla pero que viendo el estado se echó para atrás tanto por la reforma que necesita como por el mantenimiento que requiere semejante finca. Pues entramos, como te digo, y estuvo explicándome todo porque nunca había estado por allí. Que si aquí hubo en su día un establo, que si acá dispusieron  el abrebadero para las bestias, que si del otro lado intentaron hacer una ermita. Lo sabe todo, sin lugar a dudas. Él iba delante, medio cojo, y yo detrás con la cayada. Cuando oigo un ruido. Pero un ruido. Fuerte, fuerte. Me apresuré por la vereda, dentro de lo que cabe, para ver de donde venía. Me pareció el sonido de las puertas de un coche así que me intenté asomar al camino principal y en el trayecto apareció ante mis ojos una polvareda monumental. Alguien se estaba marchando a gran velocidad, pero sabes, en el campo no me preocupé porque podría ser cualquier vecino o, incluso, algún pastor. La única preocupación era que cerrase la puerta pero de alguna manera hubiésemos sido capaces de abrirla por lo que no le hicimos más caso al coche. Don Guzmán seguía explicando. Ya sabes que cuando se pone con los sermones no hay quien lo pare y no iba a ser yo quien lo hiciese. 
Don Guzmán no pensó en el tiempo pero llevábamos un buen rato allí y habrían pasado un par de horas desde que salimos de la residencia. Insistió, por último, en enseñarme la charca porque ahí había pasado él parte de su niñez y no sé cuantísimas miles de cosas más me contó. 
Allí que fuimos. Y allí que seguía. Que si ahí encontré una culebra de chico, que si mi padrino pescó un pez gigante, que si esto y que si lo otro. 
Creo que es mejor que dejemos aquí el coche y vayamos a pie. 
Entonces, me dio por sentarme en una roca que había en la charca para descansar. Este lugar es maravilloso y el aire aquí parece más puro. Dejé perder la mirada y solo deseaba un trago de agua fresca. De esto que al apoyar la cabeza en el brazo veo que algo brilla en la otra parte de la charca. Nos acercamos con cuidado de no caer en el lodo y cuando estábamos bien cerca los ojos se nos pusieron como platos. El saco había sido arrojado como hacen los salvajes con los escombros de una obra. Ya cuando vi un manojo de pelo rubio rizado, me di cuenta que sería mejor no tocar nada y volver. De regreso a la residencia y sin haber querido ver más de lo que había en el saco, decidimos sentarnos a comer y no montarnos historias en la cabeza. Pero sabíamos que después de lo que habíamos visto lo más coherente era hablar con los guardias civiles y con el alcalde. Por eso le llamé. 

4. 

"Allí está" dijo tío Constante y mientras me daba la vuelta para quedarme con el recorrido, él se acercó al saco. Ponerse a su altura no fue difícil porque el anciano caminaba con cuidado de no caer en la presa de la charca que estaba hecha con pizarras. 
El saco era viejo. Se sabía por el color. Era el típico saco de pienso para animales pero el blanco se había descolorido y el tejido parecía deshecho. El mechón rizado se diferenciaba a mala pena. Estaba claro que quien lo hubiese dejado allí tenía prisa por cómo se encontraba el saco. Tirado sin más al lado de la charca. Las moscas zumbaban a nuestro alrededor de un modo desagradable. El saco no olía todavía a putrefacción pero no tardaría en hacerlo. Me puse a pensar en sacarlo de aquel lugar porque quizás los insectos habrían comenzado a alimentarse del cuerpo y en cuestión de minutos podrían llegar los carroñeros, que en este periodo pasan penurias para alimentarse y más, si cabe, desde que prohibieron arrojar las carcasas de los animales en el campo. Estaba pensando en cuervos y buitres hambrientos cuando a mi lado veo moverse un zarzal de forma extraña. Me quedé inmóvil ante aquel sobresalto. Bloqueado totalmente con los latidos del corazón que me iban a salir por las orejas. De verdad que me asusté muchísimo porque con ese panorama faltaba únicamente que una fiera me rompiese alguna pierna y me quedase como a Tío Constante. 
En Málaga me ocurrió algo parecido. Volvía al piso bien entrada la noche desde el hospital. Había sufrido una infección en los puntos del pecho y desperté bañado en sangre. Fui a urgencias. Imagino que sería la época del equinicio de otoño porque las luces de las farolas se apagaron antes de tiempo y las calles se quedaron oscuras. Detrás de unos contenedores por los que pasaba, se levantó un indigente que al desperezarse me dió tal susto que de milagro no expulsé los puntos nuevos. 
El zarzal no se movió más y ya estaba dando gracias al cielo cuando detrás de nosotros aparecen don Guzmán y la pareja de guardias civiles. 
No había tenido tiempo Tío Constante de decirme que mientras él y yo quedábamos en la iglesia, don Guzmán iba a la comandancia. 
El cabo se disculpó por el susto mientras se acercaba al saco. Con un palo intentó mover el contenido. Dijo que por lo menos faltaban las extremidades y que hiciésemos el favor de ayudarle a buscar por si se encontraban cerca. 
Efectivamente. Unos metros más adelante, el otro guardia divisó otro saco en las mismas condiciones. Este ya sin mechones de pelo rizado. 
Ambos sacos se taparon y se dispuso un cordón en el camino de la finca. Para agilizar el trabajo de la policía científica no tocamos nada más y salimos a la carretera para esperarles. 
Se me pidió acompañar a los señores a su residencia y así hice. 

5. 

Los tres montanos en el coche en profundo silencio. Yo iba en trance. ¿Cómo iba a pensar que una llamada de teléfono me cambiaría tanto la vida en escaso tiempo? Vi por primera vez un cadáver. Iba completamente desencajado. 
Don Guzmán preguntó en alta voz que quién sería aquella criatura. Sin duda alguna era una chica joven. Ninguno de los tres había podido ver bien la cara pero sí vimos su tez y su pelo. Tenía que ser el cadáver de una chica joven, sí, delgada y no muy alta porque si no, en dos sacos no cabría. 
¡Cómo son las cosas! Estos hombres han visto tantas cosas y han sufrido tanto que digieren mejor este tipo de acontecimientos. Ya aparcado el coche en la cochera vinieron a mi cabeza sentimientos y resquemores del pasado. Una batería de preguntas se originó en mi cerebro e hizo que me invadiese una inseguridad tremenda. 
"El alcalde cobarde" podría ser uno de los subtítulos con los que pasar a la historia de la humanidad. 
Cogí el teléfono y marqué el número de alguien que jamás me juzgaría y que sabría ayudarme. Mi psicóloga estaba de vacaciones y mi gozo en un pozo. Con el pecho entumecido me metí en la cama al atardecer. Quise dormir pronto pero aquella cabellera no me daba tregua. Escribí el mismo mensaje a todos mis compañeros donde les pedía información por si sabían de una joven desaparecida, fugada o qué sé yo. Nos habríamos enterado incluso si hubiese casos en localidades vecinas. 
Ese día no almorcé por la llamada ni merendé por el cuerpo ni cené por recordarlo ni dormí por el agujero del estómago. Sentí la hiel recorrerme el interior tumbado en la cama hasta que el cansancio hizo que me durmiese. 

6. 

La noticia corrió como la pólvora alimentada por el morbo y la rumorología. Recibí llamadas de medios de comunicación regionales y nacionales. A la gente le encanta escuchar historias de cuerpos despiezados.
Todavía habría que esperar. Aquel día llevaría escasamente un par de horas en la cama cuando el infernal ruido del timbre se introdujo en mi mente. No paraba de sonar. Me despejé como la incógnita de una ecuación de primer grado y casi sin ropa abrí la puerta de mala forma. 
La Pruden había encolado su índice al timbre. Sonrió y entró en la casa saltando como un juglar medieval. Prudencia Pacheco vive dos calles por debajo de aquí. Su hiperactividad es alimentada con las ganas de chisme. Es adicta a conocer trapos sucios ajenos y separada en casa con dos niños. Ante mi mala cara se justifica, excitada, por la curiosidad del hallazgo. 
Todos aquí la conocemos como La Pruden aunque seguramente no se escape de tener motes ocultos y algún que otro San Pancracio colgado encima. 
La Pruden ha estado a mi lado siempre porque nuestras familias tienen buena relación y hemos crecido juntos, prácticamente como hermanos. Pruden y mi hermana son de la misma edad. Poco menores que yo. Es una mujer fuerte que carga con todo lo que le eches sin pegas ni necesidad de agradecimiento. Forma parte del equipo de gobierno de la alcaldía y menos mal porque con ella todo se hace más ameno. Compartimos educación y creencias políticas pero Pruden, aparentemente inocente, no da puntada sin hilo. De no ser así, y si la curiosidad no matase al gato, no interrumpería mi sueño. Morbosa de nacimiento, mi amiga se enciende un pitillo en la cocina mientras hago un bocata deconstruido con pan duro. Por fin ingestión de alimentos. Sus silencios son escasos y desestructuradores. Escasos porque no para de usar el aparato fonador y desestructuradores porque al ser inesperados te pillan en bragas. Sé que está deseando saberlo todo con lo que aprovecho su espera calmada para reponer fuerzas. 
Cuando hubo escuchado los hechos llegó su momento. Un total de cinco hipótesis y nueve teorías sobre quién era la muerta y cómo había llegado allí. Sus pelos se erizaban al escucharse y los mostraba orgullosa. Prudencia Pacheco ha sido siempre una mujer adelantada a su tiempo. Había luchado mucho por los derechos de las mujeres rurales y siempre había tenido claro que el pueblo tendría que abrirse. 
Entrada la madruga regresó a dormir con su familia después de haber intentado arreglar el mundo desde mi salón. La Pruden era una revolucionaria ahogada en el sistema patriarcal que tanto detestaba. 
En ningún momento conseguí contarle nada de Málaga. No me atrevía. Tenía miedo de que no entendiese, que me hiciera algún desplante de los suyos o que se fuese de la lengua en una de sus múltiples conversaciones diarias. 
La Pruden predicaba modernismo pero estaba hecha de anticuariado. 

7.

Málaga durante su feria es como una bebida efervescente. Clamores y cantos de un pueblo que con orgullo muestra su opulencia para competir con el resto de ciudades andaluzas. El espíritu festivo no me invadió de ninguna manera. La gente disfrutaba de la vida y yo sentía un vacío dentro de mí lleno de miedo, soledad y pena. 
Los primeros días fueron horribles. Me preguntaba por todo y abandonaba la partida dos o tres veces en cada hora que del reloj del pasillo se marcaba y que pesaba en mi muñeca como una malla de naranjas de mesa. 
Del pueblo salí de noche. Antes, puse un folio sobre la camilla con pocas palabras explicativas y sin echar la llave cerré la puerta y subí al coche. Llevaba conmigo lo puesto, la cartera hinchada de documentación y una agenda con los números de teléfono justos y necesarios. 
Cuatro horas tardé en llegar y los mismos años pasé allí. Una etapa muy dura con la sola compañía de quienes, como yo, estaban intentado ser ellos mismos. Sin el mayor contacto con el pasado que los recuerdos. Me llevó tiempo entender que por mucho que deseemos eliminar lo que nos duele es imposible porque esas piedras en el camino son las mismas que usamos para levantar las paredes que nos cobijan. 
Pensé que tenía un buen colchón de ahorros pero llegaron escasamente a cubrirme un par de años de gastos. Si lo pienso bien, fue un alivio tener aquello por poco que fuese. De uno hice dos y así pude dedicarme el tiempo que estás cosas requieren. Siempre digo que independientemente de cómo hayan ido avanzando las cosas, he de reconocer que en ocasiones he sido una privilegiada y eso no quita que te duela. 
Me arrepentí tanto y tantas veces que me hice toda un callo. Acostumbrada estuve de estar en lo más alto como de caer en picado. Sin conocer término medio. Acabé por hacer de mi vida una sopa con todo aquello que había formado parte de ella, fuese bueno o malo. Me aparté de la sociedad en una burbuja pocas veces franqueada. No podía. La sopa se me atragantaba con recuerdos, añoranzas, temores e incertumbre. Un sabor explosivo para un paladar que había perdido la distinción de los gustos. 
Nos vamos haciendo a nosotros mismos, al olvido, al vacío, a la preocupación de ese futuro incierto mezclado con una pizca de sal. 
También a veces pude disfrutar de mi ego. Un ego cambiante de rumbo perdido pero con una meta clarísima: vivir mi puta vida porque ya era hora. Un ego que lo mismo me acariciaba que me tiraba del pelo hasta verme en el suelo. 

8.

Ni a la Pruden se lo conté. ¿Cómo iba a hacerlo viniendo de donde venía? Me callé como tantas otras veces y tiré hacia adelante con un carro hecho pedazos. O eso intenté. 
Los días después de que encontraran a aquella chica tuvieron la atmósfera de un funeral de estado. La noticia se escuchó en todas las casas a la misma hora. Como si hubiese estado programada. Se le dieron muchos nombres a la víctima, a su verdugo, al móvil que tuvo, a los análisis de las pruebas que hicieron... Hubo una hipótesis rondando las malas lenguas que explicaba todos los pormenores de la muerte de un varón de vetetúasaberdónde por un arreglo de cuentas. Bueno, que inventaron las fábulas más variopintas de nuestra era. 
¡Qué iba a saber nadie! Ni nosotros, que lo habíamos visto, pudimos sacar conclusiones. La historia se convirtió en una bola de mierda que no hacía otra cosa que salpicar porque si a las diferentes versiones fantásticas del asunto se le suma el atrevimiento de la ignorancia, se consigue un cóctel explosivo capaz de embriagar a quienes deseen beberlo. 
Las múltiples versiones apuntaban a cualquiera y entre ellos se inculparon por errores del pasado hasta llegar a transformar todo el municipio en un campo de guerra de acusaciones infundadas. Inventaron nuevos y más macabros asesinatos. Virtieron esquelas por las calles, se agredieron entre cuñados y el rencor fue el sentimiento común. Así que llegó el momento en el que ya no se sabía qué creer. Hasta dudé si de verdad había habido unos sacos con las partes de una joven pelirroja o se lo han inventado todo. Hubo un par de veces que me sorprendí mirando en alto para buscar la cámara oculta.
El pueblo tenía un aura bochornosa, a veces húmeda y a veces seca. El ambiente estaba cargado de motas de polvo y culpas que lo recorrían como nubes gaseosas. Entraban en las casas y penetraban los oídos de quienes rezaban por creer en algo que los exculpase y se mezclaban en sus pensamientos con otros de la misma facha. Los cuchicheos se encontraban en las esquinas y se saludaban alegremente entre ellos. Las personas desconfiaron hasta de sus propios familiares y los ánimos se habían crispado tanto que no daban lugar a malinterpretaciones y aún siento la pena que los rizos que sobresalían del saco me provocaron. 

9.

Ha habido muchas preguntas que me han perseguido este tiempo. Miles de porqués que a nadie importan y que solo consiguen debilitar. Pues porque sí, porque me da la gana y porque lo creí conveniente. Yo no voy por la vida preguntando a cualquiera que conozco por sus actos ni voy echando en cara a nadie hechos o gestos que no me corresponden. Allá cada uno con su conciencia el rato que esté en el mundo. 
Los cuatro años en Málaga no ayudaron cuánto pensé ni cómo quise. Había imaginado el proceso como algo más rápido, más dicho que hecho. Un aquí te pillo y aquí te mató que me sigue llevando lo suyo. Y es que, todo hay que decirlo, no es lo mismo hacer las cosas a los veinte que a los cuarenta. Los que se casan jóvenes tienen toda la vida para mezclarse y moldearse entre si pero quienes lo hacen de mayor no les queda otra que tragar más de lo que desean o agarrarse a un clavo ardiendo. Y digo matrimonio como independencia familiar como todo en lo que hay que plantarle cara al destino. Con los años deberíamos aceptarnos más o probablemente sea una escusa para añadir a la lista del futuro. 
Los dos sacos me persiguieron día y noche. Imagina cambiar de vida para intentar ser tú quien la maneja y arrastrar tal peso contigo. Iba cargando con los dos sacos por donde fuese. Un peso muerto. Y tanto. Ni la defunción de mis padres pesó de aquel modo. La pena consumió lo poco de mí que tenía dentro. Por entonces deambulaba. Literalmente. Entraba y salía del ayuntamiento con la misma brisa en la cara. Cuando falleció mi padre sentimos en principio casi un alivio. Hay enfermedades que te llevan antes de irte. En el caso de mi madre fue más duro. Días después de celebrar la misa de los nueve días, se sintió mal y no consiguió llegar al hospital. Casi sin sifrimiento. Mi mundo se derrumbó porque no hacía otra cosa que estar pendiente de ellos. Hijo único de un matrimonio tardío que hubiese engendrado todo un clan.
La vida se me iba en ellos. Viví la vida que ellos querían que yo viviese. Si me hubiese casado y hubiese tenido hijos, se habrían marchado más felices. Lo sé porque no se cansaban de comentarlo. Quizás hubiese sido más fácil para todos ellos pero no para mí. Con esto, la ausencia que dejaron supuso un soplo de libertad para mi jaula. Ya nada me ataba para ser quien era. 

10.
 
Fui alcalde durante tres años. Dos antes del cadáver de aquella muchacha y uno después. Gané las elecciones con la mayoría absoluta por ser hijo de mi padre. Me afilió al partido el día después de me bautizasen en la fe cristiana. Condicionado nada más llegar al mundo. Mi familia paterna ha estado siempre relacionada con la política por eso de aumentar y conservar un patrimonio que dejar a tus herederos. Y mi padre, por causas que desconozco, llevaba este sentimiento al límite. Sus hermanos se han implicado siempre pero desde barrera, sin mojarse tanto. A mí se me informa una mañana de que el partido me ha propuesto como candidato a la alcaldía y unos meses después estaba preparando discursos y ademanes para resultar convincente. 
En este periodo decidí tener el apoyo emocional de un profesional así que me informé de los mejores gabinetes de psicología y tras varios intentos fallidos en variadas consultas me hablaron de una clínica en Sevilla que ofrecía un seguimiento especial de los pacientes. A Sevilla vas y vienes en el día si quieres. Así, una vez al mes al inicio y una vez a la semana después, iba cada sábado por la mañana a la consulta de una doctora muy joven con la que conecté enseguida. Para poder ir inventé matricularme y asistir a un curso de expresión corporal y a un máster sobre política y raciones internacionales. El primero cierto pero no tanto el segundo. 
El día despues de las elecciones desperté tan rígido que llegué a pensar que necesitaría de una silla de ruedas de ese momento en adelante. No podía ejecutar movimientos por culpa de un hormigueo continuo que recorría mi flaco cuerpo desde la cabeza a los pies. Mi aparato motor no respondía a las súplicas del cerebro y el pánico atacó con furia mi mente. Intentaba gritar y no podía. Estaba dentro de un cuerpo que no era mío. Todo él tan tenso como el alambre de un cercado protector de ganado o como la cerda de un instrumento de cuerda. 

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