Blanca Ndiaye

 - ¡Ay, prima! ¡No lo sabes tú bien! De verdad. ¡Qué contentos estamos con ella! Sí, sí. Es más buena que todas las cosas. ¡Qué niña! Mi Blanqui, lo que la quiero. Tiene las cosas de mi Manolo y ya sabes tú que poco le debe. Menos mal. Menos mal también que nadie puede decir lo contrario. Mi niña bonita. Más oscurinas no las había, te lo juro. Claro que a mí lo mismo me da: hija mía es de la misma manera que todos los demás. Es más, te digo: lo que ha tenido que sufrir la criaturita en aquel sitio me duele más que haber parido a estos otros. Ahí los tienes. No valen ni para estar escondidos. ¡Ay, prima! ¡No sabes tú bien lo que quiero yo a mi Blanqui! Menos mal que está aquí porque con este panorama... Un poco de miedo sí que me da, no te miento. Te cuento: nada más llegar al portal de casa nos cruzamos con la payasa del segundo. ¡Qué cara puso cuando nos vio con la niña! ¿Qué coño le importará a ella? Sí, sí, la amargada esa. Pues no me corté ni un pelo. Si ves cómo tenía la cara... Parecía que se iba a desencajar. No pude detener ni el genio ni la lengua. Desde entonces le cruzo la mirada. Y desde ese día tengo este medio miedo, prima. ¿Cómo no lo voy a tener si desde el minuto uno me encuentro con esas cosas? Claro que también te digo que no me para nadie. ¡Vamos, hombre! ¡A mi Blanqui no me la toca ni Dios!

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